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Unas palabras al programa de mano

By octubre 26, 2021octubre 28th, 2021No Comments

La Cenicienta de Gioachino Rossini, representada por primera vez en el Teatro Valle de Roma el 25 de enero de 1817, tuvo inicialmente una acogida mediocre. Esta condición sólo mejoró gradualmente en función del número de representaciones; entonces se hizo muy popular, y durante la mayor parte del siglo XIX compitió con El Barbero de  Sevilla por el premio a la ópera más representada de Rossini. En la primera mitad del siglo XX, la imposibilidad objetiva de encontrar cantantes de un nivel técnico adecuado a la partitura, unida quizás a esos misteriosos cambios de gusto que se producen con tanta frecuencia en el mundo de la ópera, hicieron que La Cenicienta cayera en un injusto olvido que terminó en 1971 con la triunfal puesta en escena en el Festival de Edimburgo.

Como solía hacer, Rossini trabajó en La Cenicienta en muy poco tiempo. La ópera se completó en sólo tres semanas, y Rossini no abandonó su arraigada costumbre de reciclar piezas que había compuesto anteriormente. La Sinfonía, en particular, fue tomada de una ópera que había escrito el año anterior para Nápoles, La Gazzetta. Formada en dos partes, la sinfonía se abre con un Maestoso seguido de un Allegro vivace en forma sonata, en el que aparece el previsible crescendo, con resultado insuperable.

No sabemos exactamente cuándo Niccolò Paganini compuso el Primer Concierto en Mi bemol mayor para violín y orquesta M.S. 21. La primera interpretación documentada fue el 7 de marzo de 1816, pero quizás sea a esta misma obra a la que se refiere el cartel de un concierto genovés del 8 de septiembre de 1815, que menciona un Concierto di tres tiempos de nuevo género que había compuesto recientemente y que sólo se había escuchado una vez en Milán, en el Teatro de La Scala. Sea cual sea la fecha exacta de composición, Paganini dio explícitamente a esta obra el título de Primer Concierto, queriendo claramente dejar claro que se trataba precisamente de una obra de un nuevo género, que en cierto modo se diferenciaba de sus conciertos de juventud, que quedaban así excluidos del cómputo. Pero, ¿cuál era esa novedad que Paganini se empeñaba en resaltar? La respuesta no es difícil de dar. Se formó por la unión y mezcla perfecta de tres elementos diferentes: el desbordante virtuosismo instrumental, muy original y exclusivamente paganiniano; las elegantes formas y modos del concierto para violín de origen francés, que habían encontrado perfecta realización en las obras de los tres únicos compositores que Paganini tenía en su repertorio (además de las suyas propias, por supuesto), cuales eran Giovanni Battista Viotti, Pierre Rode y Rodolphe Kreutze; y, por último, el lenguaje instrumental lleno de verve del compositor de ópera italiano más de moda en aquellos años, Gioachino Rossini.

Cuando se escribió este concierto, Rossini ya era un músico consagrado en el mundo de la ópera, aunque apenas tenía 20 años, gracias al éxito de óperas como La pietra del paragone (1812), Tancredi (1813), L’italiana in Algeri (1813) e Il Turco in Italia (1814).

Existía una especie de afinidad electiva entre Paganini y Rossini: ambos habían venido a perturbar la plácida rutina del mundo musical italiano, aportando una nueva ola de novedad, y Paganini demostró su admiración por su colega más joven en diez años utilizando varios temas de sus obras en sus composiciones. Todo el Primo Concerto está profundamente marcado por las influencias rossinianas; con la grandeza de sus gestos teatrales, el énfasis de sus temas, el fastuoso patetismo que alterna y contrasta con las exigencias técnicas que superan las de cualquier concierto para violín jamás escrito, el Primer Concierto es, por tanto, una obra verdaderamente de nuevo género.

Por primera y única vez en un concierto para violín y orquesta, Paganini experimenta
con la práctica de la hiperafinación, que también se practica en algunos de sus más famosos temas con variaciones, como Le Streghe (1813), obra cronológicamente cercana al Primer Concierto. Así, el violín está afinado medio tono por encima, y su parte está escrita en re mayor. Esto permite al solista tocar utilizando la digitación de una de las tonalidades más afines a él y destacarse aún más explícitamente frente a la orquesta, que en cambio toca en Mi bemol mayor.

Desgraciadamente, a partir de principios del siglo XX, se convirtió en costumbre tocar el concierto en Re mayor, alterando uno de sus aspectos compositivos fundamentales; tuvieron que pasar más o menos doscientos años para que el Primer Concierto volviera a recuperar su forma original.

El Primer Concierto se abre con un vibrante Allegro maestoso que se desarrolla según los cánones de una forma sonata muy libremente interpretada. Tras la introducción orquestal, el solista hace su perentoria entrada, retomando la parte inicial del primer tema. Es como si Paganini quisiera dejar su huella indeleble en toda la pieza desde los primeros compases; sin embargo, este inequívoco despliegue de virtuosismo es inmediatamente contrarrestado por un breve aparte melódico (que no se presenta en la introducción orquestal), de carácter patético y afligido, que cobrará cierta importancia en el transcurso de la pieza y que Paganini dosificará con un gran sentido teatral, alternándolo con los pasajes de bravura más atrevidos.

El Adagio espressivo está en Do menor. También aquí es evidente el énfasis teatral de la introducción orquestal, seguida de la entrada dramática del solista, que canta su
sentida melodía acompañado por el pizzicato de las cuerdas (que da paso a trémolos vibrantes en los momentos de mayor intensidad emocional) y, en la parte inicial, por
un evocador contracanto del fagot. Esta pieza debió de causar sensación por su originalidad, aunque en este caso Paganini podía contar con algunos precedentes importantes, como la Cavatina (Andante sostenuto) del Concierto en La mayor de Alessandro Rolla (posterior a 1802), cuyo tema está textualmente tomado del aria Ti veggo, ti sento oggetto d’amor de la ópera La Giulietta de Giuseppe Farinelli.

El concierto termina con un delicioso Rondò, Allegretto spiritoso, una de esas piezas características de perfil inconfundible y diseño melódico tan sencillo como inolvidable, en las que Paganini destacó. El tema de apertura, presentado inmediatamente
por el solista, es un motivo de inspiración vagamente folclórica, acompañado por cuerdas en pizzicato, a la manera de la guitarra que se repite con frecuencia en los conciertos de Paganini. No es un tema especialmente refinado o elegante pero, como ciertos temas de Verdi, una vez escuchado no se olvida nunca. Toda la pieza es una sucesión continua de dificultades técnicas: décimas y sextas paralelas, dobles armónicos (no propuestos en los dos movimientos anteriores), pasos alternos en la cuarta cuerda y en los armónicos. Tras una nueva repetición del ritornello, el concierto termina con una repetición abreviada en la tonalidad de la primera estrofa y con un previsible fuego de artificio instrumental, en el que Paganini parece querer resumir todas las dificultades existentes en el concierto.

Piotr Iliic Tchaikowsky es el compositor ruso que quizás mejor resume, con su obra polifacética, las aspiraciones y contradicciones de los intelectuales rusos en el periodo que va desde la abolición de la servidumbre (febrero de 1861) hasta los albores del nuevo siglo. Se formó con Nicolai Zaremba en el Conservatorio de San Petersburgo, que en aquella época tenía una tendencia abiertamente occidentalizadora. Sin embargo, en el periodo comprendido entre 1870 y 1875, Tchaikowsky mostró un gran interés por los problemas musicales nacionales, en consonancia con los ideales expresados por el «Grupo de los Cinco» de Borodin, Rimsky-Korsakov y Musorgsky, sin dejar nunca de lado, no obstante, la tradición de compositores como Schumann, Liszt y Berlioz, a los que se sentía igualmente unido.

Sólo a partir de 1875 su obra adquiere un carácter claramente occidental.

El Lago de los Cisnes es el primero de los tres grandes ballets de Tchaikowsky. Escrita entre agosto de 1875 y abril de 1876, se representó por primera vez en el Teatro Bolshoi de Moscú el 4 de marzo de 1877. La representación, modestamente escenificada y musicalmente arruinada por la interpolación de piezas del compositor italiano Cesare Pugni, tuvo un éxito modesto, y sólo con el paso del tiempo el ballet se hizo verdaderamente popular, elevándose a la categoría de ballet «por excelencia».

De la obra se han realizado varias suites de concierto con las piezas más conocidas, en las que destaca la suprema habilidad del compositor ruso como melodista y refinadísimo orquestador, que ha sido injustamente subestimada durante demasiado tiempo.

Génova, octubre 2021.

Danilo Prefumo